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Mensaje del Papa Benedicto XVI
Escrito por Administrator   
Jueves 28 de Abril de 2011 06:26

En mensaje de Pascua, el Papa llama a los católicos a "caminar y cantar" junto a Jesús

 

VATICANO, 24 Abr. 11 / 09:44 am (ACI)

En un emotivo mensaje "Urbi et Orbi" con ocasión del Domingo de Resurrección, el Papa Benedicto XVI pidió por la paz en el Medio Oriente y las naciones de África afectadas por la violencia, por las víctimas del terremoto en Japón, por los cristianos perseguidos en el mundo, y recordó a los católicos que gracias a la victoria de Jesucristo sobre la muerte,"cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo".

A continuación el texto íntegro del mensaje del Papa Benedicto XVI

In resurrectione tua, Christe, coeli et terra laetentur. En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra (Lit. Hor.)

Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo:

La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.

Hasta hoy —incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológicas— la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).

La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.

Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.

«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.

Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los Países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han viso obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud.

Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han sembrado dolor y angustia.

Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y confianza.

Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.

Feliz Pascua a todos.

fuente: http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=33267

 
Menu para la cuaresma
Escrito por Administrator   
Martes 05 de Abril de 2011 15:21

Menú para la Cuaresma

Recetas al alcance de todos

 

1. TENER A LA MANO:

 

Abrelatas, para abrir el corazón endurecido.

Cuchillo bien afilado, para cortar vicios y malas costumbres.

Destapador, para destapar lo atorado en las relaciones familiares.

Colador, para pasar por alto las ofensas y purificar intenciones.

 

 

2. ABSTENERSE:

 

De comer prójimo (chismes, murmuraciones y calumnias).

Evitar condimentar el día con venganzas.

Evitar consumir altas dosis de egoísmo.

No tomar rencor, que pone de mal genio.

Evitar el consumo excesivo de picantes, para no enchilarse y decir malas palabras.

No tomar postres helados, que congelen el afecto..

Lavar bien el corazón, para que no se infecte de la cólera.

 

 

3. MENÚ RECOMENDADO:

 

Exquisita caridad para con el prójimo.

Caldo de atención a los desamparados y enfermos.

Ensalada de detalles de afecto para los suyos.

Tortillas abundantes para compartir con el hambriento.

Refresco de alegría para convidar a los tristes y desanimados.

Sopa de letras para escribir más seguido a familiares y amigos.

Puré de zanahoria para ver con buenos ojos a los demás.

Pan bendito para los afligidos, ya que "las penas con pan son menos”.

 

 

De postre se recomienda:

 

Perita en dulce, para ser buena persona y caerle bien a todos.

Torrejas con miel para endulzar los defectos de los otros.

Yogur de guayaba para repetir... gestos de perdón.

Naranja dulce y limón partido "dame un abrazo que yo te pido". (abrazar a los seres queridos, y darles besitos, de verdad, no de chocolate)

 

Y no olvides:

 

"Donde come uno, comen dos" y "échale siempre más agua a los frijoles".

O sea: Comparte tu vida con los otros.

 

Finalmente, el Chef Celestial recomienda sobre todo el alimento espiritual:

 

"El que come mi Carne y bebe mi Sangre, Tiene Vida Eterna"

 

Muy bueno para ponerlo en practica no sólo en este tiempo sino cada día.

 
Indulgencias
Escrito por Administrator   
Martes 05 de Abril de 2011 15:00

Indulgencias: Las estaciones del Vía Crucis

 

FUENTE: DEVOCIONARIO

Autor: Padre Jordi

 

Las instrucciones de la Sagrada Congregación, aprobadas por el Papa Clemente XII en 1731, prohíben especificar qué o cuántas indulgencias pueden ganarse con las Estaciones de la Cruz.

 

En 1773 Clemente XIV concedió la misma indulgencia, bajo ciertas circunstancias, a los crucifijos bendecidos para el rezo de las Estaciones, para el uso de los enfermos, los que están en el mar, en prisión u otros impedidos de hacer las Estaciones en la iglesia. La condición es que sostengan el crucifijo en sus manos mientras rezan Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria un número determinado de veces. Estos crucifijos especiales no pueden venderse, prestarse ni regalarse sin perder las indulgencias ya que son propias para personas en situaciones especiales.

 

Regulaciones actuales sobre las indulgencias Publicadas en el Enchiridion Indulgentiarium Normae et Concessiones, Mayo de 1986, Librería Editrice Vaticana. (Traducción del inglés por el Padre Jordi Rivero).

 

Se concede indulgencia plenaria a los fieles cristianos que devotamente hacen las Estaciones de la Cruz.

 

Normas para obtener las indulgencia

 

El ejercicio devoto de las Estaciones de la Cruz ayuda a renovar nuestro recuerdo de los sufrimientos de Cristo en su camino desde el praetorium de Pilato, donde fue condenado a muerte, hasta el Monte Calvario, donde por nuestra salvación murió en la cruz.

 

 

Las normas para obtener estas indulgencias plenarias son:

 

1. Deben hacerse ante Estaciones de la Cruz erigidas según la ley.

 

2. Debe haber catorce cruces. Para ayudar en la devoción estas cruces están normalmente adjuntas a catorce imágenes o tablas representando las estaciones de Jerusalén.

 

3. Las Estaciones consisten en catorce piadosas lecturas con oraciones vocales. Pero para hacer estos ejercicios solo se requiere que se medite devotamente la pasión y muerte del Señor. No se requiere la meditación de cada misterio de las estaciones.

 

4. El movimiento de una Estación a la otra. Si al hacerse las Estaciones públicamente no es posible a todos los presentes moverse de una Estación a otra sin causar desorden, es suficiente que la persona que lo dirige se mueva de Estación a Estación mientras los otros permanecen en su lugar.

 

5. Las personas que están legítimamente impedidas de satisfacer los requisitos anteriormente indicados, pueden obtener indulgencias si al menos pasan algún tiempo, por ejemplo, quince minutos en la lectura devota y la meditación de la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo.

 

6. Otros ejercicios de devoción son equivalentes a las Estaciones de la Cruz, aun en cuanto a indulgencias, si éstos nos recuerdan la pasión y muerte del Señor y están aprobados por una autoridad competente.

 

7. Para otros ritos. Los patriarcas pueden establecer otros ejercicios devotos en memoria de la pasión y muerte de nuestro Señor, en manera similar a las Estaciones de la Cruz.

 

Los requisitos de arriba son necesarios para obtener las indulgencias, pero siempre que se hacen las Estaciones con devoción en cualquier lugar, ya sea públicamente o en privado, se obtendrán muchas gracias. Claro que deben hacerse de corazón, con sincera intención de conversión.Las Estaciones de la Cruz se pueden hacer con gran beneficio todo el año y son especialmente significativas durante la Cuaresma.

 

Cada Viernes Santo, el Santo Padre dirige las Estaciones de la Cruz desde el Coliseo en Roma para recordar a los mártires y nuestro llamado a seguir sus pasos.

 
¿Por qué la confesión?
Escrito por Administrator   
Sábado 02 de Abril de 2011 07:00

¿Por qué la confesión?

 

FUENTE: VIVE LA SEMANA SANTA

Autor: Galo González

 

“Pido al acusado pase al frente y tome asiento. Levante la mano. ¿Está dispuesto a decir la verdad y nada más que la verdad? Todo indica, después de analizar los hechos y la información,  que el acusado es culpable... Los hechos nos hablan de un delito que merece un castigo.”

 

La escena anterior describe un típico escenario jurídico: un delito, un culpable, una pena.  No es nada agradable ser objeto de juicio y ser interrogado.  El juzgado no se pregunta, ni se interesa por la intención que pudo haber tenido el acusado en el momento del acto. Es culpable y basta.

 

Algunos cristianos de hoy ven sus compromisos con Cristo y su vida de gracia así,  como si fuera un juicio ante un tribunal. Nada más ajeno a la confesión que la imagen de un juez intransigente.

 

El sacramento de la confesión no es un juicio ni un interrogatorio. No se trata de ser juzgado por cuanto uno hizo o dejó de hacer. Sería una visión muy reductiva de la confesión y, por supuesto, motivo suficiente para evitarla.

 

La confesión es un encuentro entre amigos. No cualquier amigo, sino el Amigo fiel y leal, el Padre que espera el regreso del hijo. Antes que juez supremo, Dios es Padre y amigo, porque Dios es amor.

 

En el corazón de Dios sólo existe el amor. Sólo quiere nuestro bien, y lo quiere ofrecer a todo hombre, a pesar de su indiferencia y de su pecado.

 

Cuando te acercas a un amigo, ¿qué esperas de él? Cariño, atención, perdón.  Más aún: cuando alguien te pide perdón, ¿qué sientes? ¿No experimentas más simpatía y amor hacia esa persona? Está claro, por propia experiencia, que el hombre necesita sentirse amado, comprendido y aceptado.

 

Todos somos sensibles al tema de la amistad. Supongamos que alguien a quien estimo mucho y considero mi amigo, me falla: me da la espalda, habla mal de mí, me deja plantado o simplemente se olvida de mi cumpleaños. No puedo hacer la vista gorda y pretender que no haya pasado nada. Estoy dispuesto a perdonarlo y a olvidar lo pasado, pero necesito escuchar una petición de perdón por parte del otro.

 

Una amistad está basada en la confianza y en la sinceridad. ¿Me equivoqué? Pido perdón, manifiestando mi amor sincero por la otra persona.

 

Este podría ser el marco perfecto de una confesión: por una parte, Dios me ofrece su amistad. Es en verdad mi amigo y está dispuesto a serlo en las buenas y en las malas. Por otro lado, yo puedo fallarle, ¡y cuántas veces! Pero siempre me estará esperando con los brazos abiertos para decirme: ¡no te preocupes, olvida lo pasado!   Sólo quiere escuchar de mi boca un "perdón, me equivoqué y no quiero volver hacerlo".

 

Es posible que en estos momentos te preguntes: ¿qué hace un “tercero” en ese encuentro? Es, de hecho, una objeción que se escucha con mucha frecuencia entre la gente. ¿Qué hace el sacerdote si el encuentro es con Cristo? ¿Por qué tengo que confesar mis pecados a un hombre que también tiene sus errores? Posiblemente quien se hace este tipo de preguntas es por dos motivos: o ha tenido una mala experiencia con un sacerdote, o simplemente no llega a comprender la misión y vocación del mismo.

 

Humanamente no es fácil entender la vocación sacerdotal. Por voluntad de Cristo, ese “hombre” es capaz de atar y desatar, de perdonar los pecados de los hombres. No lo hace por mérito propio sino por mandato del Señor. Es Cristo mismo quien perdona los pecados. El sacerdote es un instrumento de la gracia y del perdón de Dios.

 

¡Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor! El resultado de una confesión bien llevada no es otro que el don de una paz sincera y profunda, de una paz que sólo Dios puede dar.

 
Pecados "pequeños"
Escrito por Administrator   
Sábado 02 de Abril de 2011 06:47

Pecados "pequeños"

FUENTE: CATHOLIC.NET

Autor: Fernando Pascual

 

Un conferencista que participaba en un congreso dedicado al tema del pecado original quiso explicar la diferencia entre “pecados grandes” y “pecados pequeños”.

 

Los “pecados grandes” son esos pecados visibles, claros, con una malicia indiscutible: asustan nada más verlos. Un adulterio, un crimen, un robo, un aborto, una traición a un amigo, insultar y humillar a los propios padres... Cuando alguna vez sentimos el deseo de cometer un “pecado grande”, notamos su gravedad, sentimos el deseo de evitarlo, nos da vergüenza pensar sólo en la posibilidad de cometerlo. La conciencia, si tuvimos la desgracia de ceder a la tentación de un “pecado grande”, en seguida empieza a recriminarnos por haber sido tan miserables.

 

Los “pecados pequeños”, en cambio, son “faltas” sin importancia, de “administración ordinaria”, cosas que no incomodan ni avergüenzan. Permitirme llegar un poco tarde al trabajo simplemente por pereza; usar el teléfono de la oficina para conocer el resultado de un partido de fútbol; tomar un poco de dinero del monedero de un familiar para comprar una revista del corazón o de deportes; llegar a misa lo justo para que “valga”, porque en la televisión estaban dando un “reality show” apasionante...

 

Los “pecados pequeños” se caracterizan por eso: no inquietan, no desatan un drama en la conciencia. Sabemos que no está muy bien decir medias verdades (o mentiras sin importancia), o el dejar para después (un después que llega a veces muy tarde) escribir a un amigo que necesita una palabra de aliento. Pero conviene no “exagerar” y, total, no hacemos daño a nadie, ni cometemos un pecado mortal.

 

Aquí se esconde el gran peligro del pecado pequeño: verlo como algo que depende completamente de mí, de lo cual respondo sólo ante mí mismo. Yo lo escojo o yo lo rechazo, sin que me parezca que debo rendir cuentas a nadie, sin que se enfade mucho Dios ni quede muy dañada mi fidelidad cristiana. Como se dice por ahí, “yo me lo guiso y yo me lo como”; además, parece que no provoca indigestión alguna...

 

De este modo, insensiblemente, empezamos a organizar nuestra vida no según el amor a Dios y al prójimo, ni según el heroísmo y la integridad que debería caracterizar a todo cristiano. Desde luego, seguimos en guardia para evitar los “pecados grandes”, incluso tal vez tenemos la costumbre de confesarnos lo más pronto posible si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal. Pero esos pecados pequeños corroen poco a poco la conciencia y nos acostumbran a aceptar un modo de vivir que no es evangélico, que nos aparta del amor pleno, que nos lleva a caminar según el aire de nuestros gustos o caprichos.

 

Necesitamos pedir ayuda a Dios para reaccionar ante este peligro. No sólo porque quien se acostumbra a la mediocridad de los pecados pequeños está cada vez más cerca de cometer un “pecado grande”. Sino, sobre todo, porque no hay cristianismo auténtico allí donde no hay una opción profunda y amorosa por vivir los mandamientos en todas sus exigencias, hasta las más “pequeñas”.

 

No se trata sólo de no hacer el mal (y ya es mucho), sino, sobre todo, de aceptar la invitación a amar, a servir, a olvidarse de uno mismo, a dar la vida (en las pequeñas fidelidades de cada hora, en lo ordinario, en lo “sin importancia”) por nuestros hermanos.

 
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