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Homilía de Mons. Christophe Pierre
31 de Enero de 2009
¡Queridos hermanos y hermanas todos!
Es para mí motivo de gran alegría presidir esta solemne Eucaristía con todos ustedes, mis hermanos obispos, sacerdotes, jóvenes y fieles de México, reunidos aquí con motivo de la XXVI Peregrinación Nacional Juvenil a la Montaña de Cristo Rey cuya imagen nos recibe simbólica y amorosamente con los brazos abiertos.
Peregrinos hemos venido aquí hoy para encontrarnos con Cristo, nuestro Rey y con nuestros hermanos. Es esta sin duda una oportunidad privilegiada para acoger el don del amor de Dios. Ese amor que el mundo espera ver a través del testimonio de los discípulos de Jesús, que nace de una profunda convicción personal y de un sincero acto de amor y de fe en Cristo Jesús, Rey Resucitado.
La celebración de este día tiene una particular y clara dimensión comunitaria, exigencia ineludible del amor a Dios y de la comunión de quienes se sienten hijos del mismo Padre, hermanos en Jesucristo, unidos por la fuerza del Espíritu. Por estar incorporados a la gran familia de los redimidos y ser miembros vivos de la Iglesia, experimentamos en este encuentro en torno a Jesucristo Rey, real y verdaderamente presente en la Eucaristía, el entusiasmo y la alegría de su amor que nos llama a la unidad, al testimonio y a la solidaridad. Una llamada que nadie excluye y que sí, en cambio, convoca y abraza a todos los jóvenes sin distinción alguna.
En esta gozosa circunstancia conviene, pues, que hagamos más vivos, más manifiestos y más operantes los lazos de afecto y de solidaridad también con aquellos jóvenes que sufren a causa del desempleo, la pobreza o la soledad, que se sienten marginados o llevan la pesada cruz de la enfermedad física o espiritual. Queremos que a todos ellos y también a todos aquellos que no han logrado acoger la fe religiosa, llegue nuestro mensaje de amistad; porque, si bien la caridad jamás debe doblegarse ante el error, sí va siempre al encuentro de todos, para abrir caminos de conversión.
Hace unos momentos hemos escuchado al salmista, que en nombre de Jacob e Israel, exclama: “Al Señor no le importa lo que me sucede, mi Dios no se preocupa de hacerme justicia” (Is. 40,27).
De alguna manera también hoy, preocupados por la vida y el futuro propio y de nuestros semejantes nos preguntamos: ¿cómo situarnos en un mundo tan marcado por graves injusticas y sufrimientos, por la progresiva escalada de violencia y la constante inserción de pseudo valores en nuestra sociedad? ¿Cómo reaccionar ante el egoísmo, el relativismo y el individualismo que a veces parecen prevalecer? ¿Cómo dar sentido pleno y válido a nuestra vida? ¿Qué hacer para que el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la benevolencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí, frutos todos del Espíritu, inunden este mundo herido y frágil que ante todo pertenece a los jóvenes? ¿Qué hacer ante los ataques constantes a los verdaderos valores, especialmente a los de la vida y la familia?
El Señor nos ha dado hoy una respuesta, diciéndonos: “Levanten los ojos a lo alto y miren: El Señor es un Dios eterno; fortalece al cansado, da energías al débil… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas: vuelan como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan” (Cfr. Is. 40,26ss).
No hace mucho, ante las actuales interrogantes que nos cuestionan, el Papa Benedicto XVI, en Valencia, España, decía: “Es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia (…). (Lugar desde el cual hay que) transmitir la fe, que implica la entrega a Jesucristo, muerto y resucitado, y la inserción en la comunidad eclesial (…). Así se va construyendo un universo moral enraizado en la voluntad de Dios, en la cual el hijo crece en los valores humanos y cristianos que dan pleno sentido a la vida”.
Hoy querido hermanos, en los albores del siglo XXI experimentamos los fuertes ataques que han emprendido las modernas ideologías, el relativismo, el materialismo, el hedonismo y, en particular, el individualismo que golpea desde la raíz a la familia: comunidad de vida y amor, y a cada uno de sus miembros, especialmente a los jóvenes, bombardeándola con propuestas de una vida egoísta, en la que el interés se centre sólo en sí mismo, en buscar el placer, el poder y el tener; en vivir la vida al máximo y en disfrutarla sin preocuparse de las consecuencias.
Pero ustedes, queridos jóvenes, saben mejor que nadie cuánto son efímeras y cuánto vacío dejan en el alma las solas satisfacciones que ofrece el hedonismo superficial; saben que es ilusorio encerrarse en el coparazón del propio egoísmo; que toda indiferencia y escepticismo contradicen las nobles ansias de amor sin fronteras, y que las tentaciones de la violencia y de las ideologías que niegan a Dios y atentan contra la vida, contra la familia y contra el ser humano, llevan sólo a callejones sin salida.
Por ello, desde la realidad a veces muy dolorosa que indudablemente compartimos, y también desde la fe recibida del Señor por mediación de la Iglesia, ante tales interrogantes debemos dirigir nuestra mirada confiada y disponible a Cristo; a Él, único que puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón del hombre; a Él, único capaz de humanizar la humanidad y de conducirla a su “divinización”; a Él, que con la fuerza de su Espíritu infunde en nosotros el amor divino que nos capacita para amar verdaderamente al prójimo y para ponernos generosamente a su servicio.
La caridad de Dios que es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo quiere actuar en cada uno, sensibilizandonos contra las evidentes amenazas de las ideologías y de los enemigos de los verdaderos valores; contra las amenazas del hambre, la violencia y la guerra; contra las escandalosas disparidades entre minorías opulentas y pueblos pobres; contra los condenables atentados a la vida del apenas concebido y del enfermo o anciano; contra los atentados a los demás derechos del hombre y de sus legítimas libertades, incluida la libertad religiosa; y contra las actuales y potenciales manipulaciones de su dignidad.
Todos, y en particular los jóvenes de México, tenemos y tienen de frente un reto ante el cual no vale la indiferencia ni el discreto escape. Hoy, en efecto, es urgente e indispensable contrarrestar con la vivencia y la defensa de los verdaderos valores, los mensajes egoístas que el mundo proclama y que sólo conducen al aislamiento, a la soledad, a la frustración, al vacío y a la muerte.
La palabra de Jesús en el Evangelio nos apremia: “Acumulen tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Porque, allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón… (y) si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!” (Cf. Mt 6, 20-21.23).
Nuestra sociedad y la Iglesia necesitan de coherentes cristianos sedientos de “acumular tesoros en el cielo”, que luchen por mantenerse en la luz y por ser luz en medio de la oscuridad de los anti valores. Necesita de jóvenes valientes y de familias integradas que se esfuercen, aún contra corriente, por llevar una vida recta; familias en las cuales se viva y desde las cuales se aprenda el deber cívico de la participación en la vida ciudadana; familias en oración, en las que Dios sea el centro y el Espíritu Divino la fuente de la luz y de la fuerza que guíe y sostenga su peregrinar por el mundo.
Nuestra sociedad y la Iglesia ansían y necesitan de estas familias en las que los jóvenes aprenden a ser solidarios y responsables colaboradores en la construcción de la civilización del amor, y en la que la vida y los derechos fundamentales del hombre se respeten y se defiendan.
Ni el individualismo, ni el agnosticismo, ni la indiferencia religiosa son situaciones naturales del hombre, ni mucho menos pueden convertirse en situaciones estables para la sociedad. Lo que sí es, en cambio, natural en el hombre, es su esencial vinculación con Dios; por la cual, aún cuando alguno lo quisiera negar, el corazón del hombre no podrá encontrar descanso mientras no se apoye en el corazón de Dios.
Los actuales desafíos exigen de todos los cristianos, especialmente de los jóvenes, capacidad y competencia de los diversos campos del ver, juzgar y actuar; pero, ante todo exige de cada uno capacidad para saber poner, por encima de los intereses o visiones parciales, el bien integral del hombre creado a imagen de Dios y llamado a un destino eterno: pues, no podrá haber auténtico e integral crecimiento humano, en la paz y en la justicia, en la verdad y en la libertad, si Cristo no se hace presente con su fuerza salvadora en cada uno y, por medio de cada uno, en el mundo.
Queridos jóvenes: tengamos a Dios entre las “cosas” más importantes de nuestra vida. Pero, no sólo eso, pongámoslo al centro de nuestra existencia, al centro de la vida familiar, grupal e individual, en tal manera, que todas las actividades y realidades, las luchas, la inteligencia, el sentimiento, la libertad, el trabajo, el descanso, el dolor, la enfermedad, las alegrías, los bienes materiales, la cultura, en una palabra, todo, estén modelados y regidos por el amor fiel, obediente y activo a Dios.
Lo que verdaderamente vale la pena es que Cristo Jesús: “Camino, Verdad y Vida”, sea conocido, amado, y seguido, ante todo por nosotros mismos y, a través de nuestro testimonio y acción, que sea conocido, amado y seguido por todos nuestros hermanos; porque, quien se deja guiar por el Espíritu de Cristo, no puede no advertir el ansia y la urgencia de trasmitir a los demás la Buena Noticia de Jesucristo y de tomar conciencia de que sólo por esa, en esa y a través de esa opción, vale la pena vivir.
Testimoniar valiente y coherentemente la fe y anunciar y presentar a los hombres la Persona, el mensaje, las obras y la presencia de Jesús, Evangelio del Padre, es hoy la tarea más necesaria pero también, para el discípulo de Jesús, es la tarea más gratificante. Pues, hoy, se necesitan discípulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energía para servir al Evangelio y para que el mundo, nuestro mundo, tenga vida. Se necesitan jóvenes que sean capaces de mantener encendido dentro de sí el amor de Dios y que respondan generosamente a su apremiante llamamiento.
Queridos jóvenes: ¡abran sus corazones a Cristo! ¡Ábranlos!, de tal manera, que Cristo ame con sus corazones y, sus corazones, amen con el corazón de Cristo.
No teman abrirse a Jesús y en convertirse en santos que anuncien con la palabra y con la vida, la Buena Nueva, proclamando la esperanza en Cristo resucitado en cada rincón de la tierra; poniendo en juego la vida para iluminar al mundo con la verdad de Cristo; respondiendo con amor, a la violencia, al odio y al desprecio de la vida que individuos e instituciones públicas y privadas propugnan apoyándose en el individualismo y en el relativismo.
La construcción de una civilización de amor requiere temples recios y perseverantes dispuestos al sacrifico, e ilusionados en abrir nuevos caminos de convivencia humana, superando divisiones y materialismos opuestos. Temples así, los hay sin duda muchos aquí.
Escuchando a María Santísima, Madre de Jesús y Madre nuestra, y siguiendo su ejemplo, dejémonos guiar siempre por Jesucristo. En la escuela de María debemos aprender a estar atentos y a ser dóciles discípulos del Señor. Con su maternal ayuda comprometámonos a trabajar con empreño por los valores, por la solidaridad, la fraternidad, el amor y la paz, siguiendo a Cristo, Rey de la Paz.
¡Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir -nos ha dicho San Pablo en la Carta a los Filipenses- alégrense! Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca. No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias (…) Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús (Fil 4, 4-7).
¡Ánimo, pues, valientes! El mundo espera mucho de ustedes: Cristo Jesús los envía, la Iglesia los acompaña y el Espíritu Santo les ofrece la luz y la fuerza que necesitan para lanzarse decididos a anunciar al mundo, a nuestro México y a cada ser humano, que Jesucristo es el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida; que sólo Él es nuestra paz; para nosotros y para todo hombre que se acoge a Él.
Queridos hermanos y hermanas: “Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto, y el Dios de la paz estará con ustedes” (Fil 4,9).
Que Jesús, María y José sostengan los pasos de cada uno de ustedes y les obtengan abundante fuerza del Espíritu, para que tomando creciente conciencia de su vocación y de su tarea, se esfuercen por ser cada día más sal de la tierra, luz del mundo y levadura que fermente la masa de la sociedad con los valores humanos y cristianos que hoy le son tan necesarios.
Que el Señor colme hoy y siempre a todos ustedes y a todos sus familiares, queridos jóvenes, de muchas, muchas bendiciones.
Y, que hoy y siempre: ¡Viva Cristo Rey!
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